En el año 2007, la Fundación Pachayachachik inició un camino profundo con la parroquia Cacha a través del proyecto Cultura para todos. Allí, en la escuela “Fernando Daquilema”, descubrimos que las memorias no solo habitan en los libros o en los archivos: viven en la gente, en sus voces, en sus espacios cotidianos.
Fue Tayta Rafico quien abrió la puerta a ese universo. Frente a un grupo de niñas y niños, empezó a contar historias que nacían desde su shungu. Habló de “Raulito”, su gallito compañero, y de los días en que ambos caminaban por la chacra, recogiendo leña, trayendo agua y despertando a los vecinos con su canto alegre. Con cada relato, Tayta Rafico no solo evocaba recuerdos: sembraba sensibilidad, ternura y sabiduría ancestral.
Para él, la chacra es más que un terreno. Es un lugar donde se aprende a querer a la Pachamama: regando, cuidando, escuchando. Es un espacio de conexión sensorial —los olores de la hierba fresca, el frío en los pies desnudos, el murmullo de las voces que habitan la tierra— y también un círculo de aprendizaje comunitario. Después del trabajo, todo el ayllu se reunía para conversar y escucharse mutuamente; allí se cultivaba el respeto, la expresión y la memoria colectiva.
De estas vivencias surge la idea de la chacra de memorias: un territorio donde conviven historias de lucha, resistencia, dignidad y esperanza. Así como en una chacra crecen distintos sembríos, también las memorias —tiernas, dolorosas, profundas— florecen juntas. Algunas se recuerdan con orgullo; otras han sido silenciadas por la injusticia y la discriminación. Pero todas forman parte de una misma trama.
Una chacra de memorias abraza no solo lo humano, sino todas las vidas que conforman la Naturaleza. Es un espacio donde cada ser tiene su lugar, su voz y su sentir. Un recordatorio de que estamos hechos de historias que se entrelazan y que, al compartirlas, seguimos cultivando comunidad.
MEMORIAS DE LUCHA, RESISTENCIA Y ESPERANZA (1)
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